Un poema para mi – De Carla Montero

Poemas

Cuando empecé a escribir era consciente de que la del autor es una labor inicialmente solitaria. Pero es verdad que todo autor escribe con vocación de ser leído, pues, de lo contrario, sería como gritar al vacío y no recibir más respuesta que la de tu propio eco: sería triste e infértil. Los lectores sois los que completáis el círculo de cualquier libro, ese que empieza con el autor frente a una página en blanco y termina cuando alguien lee la última palabra de la historia; sois los lectores los que dáis sentido y objeto a mi trabajo.

De eso era yo consciente también y siempre escribo pensando que hay alguien al otro lado para leer lo que tengo que contar, lectores que merecéis mi respeto y admiración por el hecho de acercaros a mi obra. Lo que yo no sabía entonces es que de vosotros lectores iba a recibir mucho más de lo que ofrezco y que, con el tiempo, personas a las que sólo conozco por la conexión que con ellas establezco a través de mis libros se iban a ganar también mi simpatía y afecto.

Tengo varios nombres en la cabeza. Pero hoy quiero traer aquí el caso de Tamara y Antonio que han tenido el bonito detalle de dedicarme un poema. No creo merecerlo, pero me ha gustado tanto su regalo que voy a dejar de un lado la modestia y voy a disfrutarlo, compartirlo con vosotros y presumir de él como un niño exhibe con orgullo su mejor juguete. ¡Gracias Tamara y Antonio!

“Oda a Carla Montero”

I. Los ojos de Sarah.

Sarah llovía y cabalgaba en el viento

 y Carla le dio su espíritu:

su arco iris de letras, su pentagrama de sonidos

 o la estela de sus amaneceres innombrables.

En sus ojos Carla hizo crepitar un planeta.

 En su noche consiguió que galaxias cabalgaran.

 En sus mares Carla escuchó el rumor de las olas.

 Mira, cuando los cierras, cómo la vida se apaga.

Con ellos te miran los más hermosos crepúsculos.

 No sé, cuando los miras, por qué tiritan las almas.

¡Son tan tristes las cosas cuando cierras los ojos!,

 verdes como una noche, infinita y planetaria…

 A menudo los cierras y se muere la vida,

en su ausencia te mueres como estrella en el alba.

De sus muelles ya se alejan los últimos barcos,

 desde la proa han soltado la última amarra.

 Quiero que sepas que no existe miedo al naufragio

cuando lanzan la red para encontrar las palabras

que buscas, que te digan lo que deben decirte.

Quiero que sepas lo que en tu presencia se callan:

 En tu iris la antorcha y una noche, el cielo y un océano.

 ¿Sabes que para ellos cobran vida las metáforas?

II. La tabla esmeralda.

Carla,

 en tus novelas se detienen el tiempo y las distancias.

Tienes la fuerza de la tierra,

 el favor de los péndulos, el fruto del racimo…

Tu lectura es eterna.

Mientras,

La tabla esmeralda me asaltó como el otoño que taladra.

Y su esplendor despiadado

 me ametralló sin tregua.

Es como esas horas de un crepúsculo en otoño

 donde una violeta sangra en el cielo y arde.

En sus páginas habitan cometas y satélites,

 desiertos planetarios, crepusculares océanos,

la tierra, el agua, el viento, el fuego

 o, acaso,

 acaso…

 una fragilidad de marea.

Y cuando los barcos regresan al puerto

 en la noche triste de la ausencia

tus novelas nos conducen como un faro.

Si pudiera abrazar sus etéreas palabras,

 como ese beso de susurro

 entre las huellas de los gritos insonoros,

 cuando la voz de Sarah me sacude como una sinfonía

 que se desliza como el sol en la tarde que expira

 o la sombra de una sombra entre el humo de noviembre.

Carla, tus palabras amanecen

 a un náufrago en la inmensidad del océano

 y en las orillas de tus palabras acorazadas, de sus sonidos combatientes,

 un lector respira entre palomas de color azul y blanco

 hasta que tu escritura nos ofrece, en su voz sideral, en su silbido veloz,

 la esencia de la raíz y del racimo, de la tierra y las semillas.

Antes de tu lectura

 nada ni nadie encontraban existencia:

 todo era cementerio de semáforos en ámbar,

 el mundo, profunda soledad,

 llanura yerma, infinita pradera.

La tabla esmeralda fue mañana blanca,

 con la luz de sus ojos, con la sonrisa de Sarah,

para dar la vida a cuanto hasta entonces no  la tuvo.

En su lectura,

el olvido ya no hiere la memoria

 y la noche, lejana, no sangra a lo lejos.

 No hay tarde sola que sangra y agoniza

 entre voces que rompen los espectros,

 ni bostezos de una noche plateada

 que rompe a morir en silencio.

 Al volver la vista atrás, en tus novelas,

 no habrán  pasado la vida y el tiempo.

Sarah,

 siempre nos quedará tu nombre:

 asombro de una memoria que duele a veces,

 cual herida horneada en la metralla,

 semilla de momentos que derivan en las cosas,

 en recuerdos…

Si, como el viento, pudiera

 volver a aquella primera lectura,

 como una mañana limpia que deshoja sus pétalos

 o una estrella que se desploma con el alba,

 herida, muerta tal vez,

 acaso le diría, acaso:

 “busca para siempre mi alma entre las hojas”.

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