Un personaje real en la tabla de esmeralda

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Bruno Lohse ha sido un figura muy presente durante todo el proceso de creación de La Tabla Esmeralda. No sólo es un secundario de peso, también me ha servido de inspiración para crear parte del perfil de Georg von Bergheim, como él mismo reconoce: “Desde el primer momento le pareció curioso el paralelismo entre Bruno Lohse y él. Ambos tenían la misma edad, eran doctores en Historia del Arte, habían desempeñado funciones militares…”.

Bruno Lohse nació en Westfalia en 1911, en el seno de una familia de clase media -su padre fue miembro de la orquesta filarmónica de Berlín y su madre, ama de casa; tenía un hermano y una hermana-. Al finalizar la guerra, Lohse había perdido a toda su familia salvo a su hermana. Su madre murió antes de la guerra, su padre durante el sitio de Berlín y su hermano y su cuñado en el frente ruso.

Criado en un ambiente de amor por el arte y la cultura, comienza sus estudios de historia del arte, filosofía y cultura alemana en la Universidad de Berlín, licenciándose en Frankfurt en 1936. Estudia idiomas en Francia, realiza varios cursos sobre comercio de obras de arte y utiliza la casa de su padre para montar una galeria. Curiosamente, también se diplomó como instructor de educación física. A su regreso de Francia en 1933 se ve obligado a recibir adoctrinamiento sobre ideología nacionalsocialista en la universidad. Según él mismo argumentaba, para eludir el adoctrinamiento y puesto que sus estudios con renombrados profesores a los que habían prohibido ejercer la enseñanza se habían visto interrumpidos, se incoporó a la Allgemeine-SS como profesor de educación física. En 1937, ingresa en el partido nazi.

Cuando estalla la guerra es movilizado como conductor de ambulancias y participa en la campaña de Polonia hasta que cae herido y pasa un largo periodo en el hospital. Una vez recuperado, y dada su condición de historiador del arte, es asignado durante cuatro meses a la unidad militar del Einsatzsatb Reichsleiter Rosenberg en París. Hasta entonces, Lohse no había oído hablar del ERR, ni conocía la verdadera naturaleza de sus actividades. Al incoporporarse, le explicaron que, en virtud de los acuerdos del armisticio entre Alemania y Francia, la misión del ERR era trasladar a Berlín para su salvaguarda todas las obras de arte que se encontraban en situación de abandono después de que sus propietarios judíos hubieran huído del país. Corría por entonces el año 1941 y Lohse no tardó en darse cuenta de que la realidad del ERR iba mucho más allá y de que las colecciones de arte eran confiscadas sin estar necesariamente abandonadas, pero al mismo tiempo empezó a valorar la posición privilegiada que su trabajo en el ERR le otorgaba en el mercado del arte. Por otro lado, Lohse había ya saboreado las mieles de un París en el que los alemanes campaban a sus anchas y disfrutaban de lo mejor de la mítica ciudad. En realidad, fue una suerte para él que, cuando sólo faltaban dos días para que acabarse su asignación al ERR, le fuera encomendada la tarea de hacer de guía de Göring durante una de sus habituales visitas a la capital francesa en busca de obras de arte. El mariscal enseguida queda impresionado con sus conocimientos sobre arte holandés del siglo XVII y le pide que permanezca en París, asignado al ERR pero en realidad trabajando para él como ojeador del mercado del arte del oeste de Europa en busca de las mejores adquisiciones para su colección. Para desempeñar esta tarea Lohse recibe un Sonderauftrag, o una orden especial firmada por Göring en virtud de la cual todas las unidades militares y civiles debían facilitar su labor. Esto, unido a otros privilegios que le otorga el mariscal como el de poder renunciar a vestir uniforme o poder conducir su propio automóvil, así como su ilimitada afición a las faldas, le granjean no pocas envidias y enemistades en el seno del ERR.

Durante esta etapa, Lohse disfruta de su trabajo como asesor y marchante del mariscal, se hace un nombre en los mercados del arte de Europa, conoce sus entresijos y, aunque él siempre mantuvo que al terminar la guerra todas sus posesiones se reducían a unos cuantos muebles que quedaron abandonados en su apartamento de París, muchos investigadores sostienen que aprovechó su posición privilegiada y todas las oportunidades que se le presentaron en el ejercicio de su cargo para traficar con obras de arte en beneficio propio.

Sin embargo, esta época dulce no dura mucho. Todos los enemigos que Lohse deja por el camino le van a poner varias veces la zancadilla cuando, a raíz de una reorganización del ERR, es asignado  en junio de 1943 a un puesto ejecutivo dentro del instituto. A partir de entonces, la labor de Lohse se vuelve administrativa y tediosa, viéndose continuamente envuelto en intrigas, tensiones y luchas de poder internas que a principios de 1944 colman su paciencia y le llevan a solicitar la incorporación al servicio militar activo, con tan mala fortuna que, poco antes de que llegase la orden, sufre un accidente de ski y se rompe una pierna, lo que lo obliga a quedarse en Francia y continuar en el seno del ERR, apaciguado su desencanto por Göring.

En agosto de 1944, con los aliados a las puertas de París, todo el personal masculino del ERR es urgido a abandonar su puesto e incorporarse a la defensa activa de Alemania. Lohse entonces se traslada a Berlín a una unidad de defensa de Göring, y después, en 1945, a Neuchswanstein, donde estaban almacenadas buena parte de las obras de arte que se habían sacado de Francia. Allí, se encarga de proteger el alijo y entregarlo en perfectas condiciones a los americanos cuando estos ocupan la zona.

Entonces es hecho prisionero y acusado de crímenes castigados con la pena de muerte. Soporta interminables interrogatorios, declara en los juicios de Nüremberg y finalmente es absuelto, en parte por la buena disposición que mantuvo en todo momento para colaborar con los investigadores americanos pero también, como apuntan algunas fuentes, porque el suicidio de su superior en el ERR de París le dejó vía libre para culpar a éste del expolio y adoptar así un papel meramente pasivo, alegando que actuaba en cumplimiento de las órdenes recibidas. Tras este proceso, es entregado a las autoridades francesas quienes igualmente lo juzgan y absuelven.

A pesar de que Bruno Lohse fue absuelto y puesto en libertad con la prohibición expresa de no volver a ejercer como tratante de arte, la realidad es que las autoridades alemanas hicieron la vista gorda cuando retomó su profesión en Munich a principios de los años cincuenta. Lohse llegó a poseer una valiosísima colección de obras de arte de maestros del siglo de oro holandés y expresionistas.

A su muerte en 2007 se destapó un pequeño escándalo, pues salió a la luz la existencia de una cámara de seguridad en un banco de Zurich, aparentemente bajo control de Lohse, en la que estaba almacenado, entre otras muchas obras de arte de dudosa procedencia, un Pissarro robado por la Gestapo en 1938 a Samuel Fischer, un empresario judío afincado en Viena. También se ha demostrado que varias obras de Corot, Durero y Kokoschka que habían desaparecido durante la guerra salieron de esa cámara entre 1983 y la fecha de la muerte de Lohse. Actualmente, hay en marcha una investigación internancional sobre la legalidad de las actividades de Lohse como marchante.

Bruno Lohse representa sin duda a ese tipo de personajes que se podrían clasificar de oportunistas. Como muchos alemanes, probablemente no era un nazi convencido, pero pensó que era preferible estar de su lado que en contra de ellos y sacar beneficio de la situación.  Lohse  supo arrimarse al árbol que mejor sombra le daba; entonces, Göring. Estuvo en el bando adecuado en el momento adecuado, primero con los nazis, y luego con los aliados cuando había que salvar el cuello. Y, aunque seguramente él no hubiera iniciado la persecución a los judíos, preferió mirar para otro lado y, ante los hechos consumados, aprovecharse de ello. Lohse fue un listillo sin escrúpulos, que sólo velaba por sí mismo. Como lo fueron muchos alemanes… Como lo fueron y lo son muchas personas.

Quizá la filosofía de Lohse se pueda resumir en un consejo que le da a su amigo von Bergheim al comienzo de La Tabla Esmeralda: “…ve a lo tuyo, haz tu trabajo lo mejor que sepas y no mires a los lados, porque la mierda siempre se acumula en las esquinas por más que tú mantengas limpio tu camino”

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